Sentido Antropologico y Cultural de la Mama

Sentido antropológico y cultural de la mama a través de las civilizaciones

A través de la historia, en la infinita diversidad de las civilizaciones, el seno femenino ha sido constante motivo de atracción que en forma reiterada aparece en los testimonios de arte como un elemento cargado de significados religiosos, mágicos, antropológicos o estéticos.
Puede tal vez afirmarse que ningún otro sector del cuerpo humano ha merecido tanta consideración en la iconografía.

Las primeras representaciones antropomorfas que se conocen son estatuillas paleolíticas de piedra que componen desnudos femeninos con las formas exageradas, abdomen globuloso y senos muy prominentes. Las llamadas "Venus" del período aurignaco-perigordiano, las Venus de Savignano, de Sereuil, de Balzi Rossi, están provistas de grandes mamas colgantes que se destacan con detallada factura del resto moderadamente esbozado de sus formas. También en la estatuilla primitiva de Brassempouy, tallada en marfil, sin cabeza, pueden verse los senos voluminosos como característica dominante.
Se ha comprobado que muchas de estas figuras corresponden a una representación de la Diosa Madre, cuyo culto se inició en el neolítico a orillas del Mediterráneo, y que se extendió en la Edad de Bronce hasta los pueblos nórdicos. Las grandes mamas tienen aquí un sentido simbólico de fertilidad y fecundidad.

La inquietud preferencial por la representación de las mamas desnudas nace así con el arte, de 100 a 30 siglos antes de Cristo, y su importancia sugiere un sentido de fertilidad y de procreación, que luego de reitera a través de las civilizaciones posteriores.
Los jarros cretenses con formas femeninas y grandes pechos perforados, por donde fluye el líquido, simbolizan también la fecundidad de la naturaleza, y representan a la Diosa Mayor o Madre Tierra.

Así nace esta idea plástica de las mamas que drenan, para repetirse en la historia del arte con una extraordinaria diversidad, hasta constituir un motivo predilecto en las fuentes renacentistas que fueron emplazadas en algunas ciudades europeas, o en la complicada orfebrería del barroco.
La célebre "Diosa de las serpientes" del Museo Arqueológico de Creta, está compuesta en cerámica esmaltada con factura cuidadosa y rostro fascinante. Su complejo y ancho vestido, con mangas y volados, deja los grandes pechos al desnudo, según las características indumentarias de las sacerdotisas de la Madre Tierra, que pintaban y maquillaban sus senos, como símbolo de fertilidad desprovisto sin duda de sentido erótico. Este culto de los pueblos primitivos a la fertilidad, centrado en las mamas, alcanza su máxima expresión en el Asia Menor, con la adoración de la Artemisa de Efeso, de múltiples y generosos pechos. Esta diosa no es la misma Artemisa griega o la Diana romana, y se han conservado varias esculturas que la muestran ricamente ataviada, con numerosos pechos colgantes y desnudos que cubren todo el tórax. La que se encuentra en el Museo de Nápoles del siglo II antes de Cristo, tiene el rostro de bronce y los pechos como un racimo de alabastro, elaborada con una vestimenta de influencia oriental y clásica al mismo tiempo, que la aproxima en su estilo a la diosa de las serpientes de Creta.

Los faraones egipcios fueron objeto de verdadero culto e idolatría, y el mito atribuía su divinidad al hecho de ser amamantados por la diosa Anuké, personaje de la Tabaída meridional que aparece en diversas pinturas y estatuas ofreciendo su pecho a un faraón.

El pecho de la diosa mujer sirve así como vehiculo de  la divinidad, y este mito puede vincularse sin duda con la imagen cristiana del Niño Jesús mamando del pecho divino de la Virgen María, que se desarrolla a partir del arte romántico-bizantino, muchos siglos después.
El niño mamando es un tema predilecto de la antiguedad, que conmovió sin dudas a los artistas y que se reitera en múltiples idealizaciones. En los frizos egipcios suele representarse también a la diosa Isis con sus hijos mamando, o al faraón tocando los senos fructíferos de la diosa de la tierra y el aire, en señal promisoria para la cosecha. Pero la estatuaria egipcia centraliza en los senos el más delicado sentido de la feminidad. Son famosas las imágenes de la dama Takuscit, con sus grandes pechos redondos y turgentes, sostenidos por un brazo que enmarca su silueta sensual; bien pueden esas formas ilustrar un hermoso poema encontrado en un papiro de la XX dinastía (manuscrito de Turín) que dice:
Mi forma está plena como la de sus senos.
Sus senos son como dos guirnaldas unidas a sus brazos.

En los desnudos egipcios el torso masculino suele estar provisto de grandes relieves mamarios con pezones salientes que configuran una verdadera ginecomastia. Muchos relatos del faraón y su mujer muestran contornos mamarios semejantes que responden a un canon de belleza particular que aparece muchos siglos después en la primitiva estatuaria japonesa. En estas estatuas budistas el torso masculino tiene pechos salientes como de lipomastia, y las figuras femeninas están, por el contrario, desprovistas de mamas.
Las argumentaciones de la mitología griega centralizan en el seno femenino las ideas fundamentales de la vida, la creación y el amor. De una aventura amorosa de Júpiter nace Hércules. Este hijo ilegítimo es repudiado por Juno, la esposa de Júpiter, quien al contemplar al niño siente sin embargo una natural ternura, y lo aproxima sus pechos desnudos. El pequeño semidiós muerde con vehemencia el seno de Juno, del cual brota un chorro de leche que se esparce por el universo: es la vía láctea.
La poética fábula griega inmortalizada en un óleo del Tintoretto permite interpretar que la creación del mundo, de sus estrellas y constelaciones, surge del pecho divino de Juno, y no de un gesto omnipotente de Júpiter, rey del universo.

En una lámina de Utriusque Cosmi Historia grabada en 1617, puede verse a la diosa Isis con una luna en el seno y una estrella en el otro, desde donde nacen la vía láctea y todas las constelaciones. Isis es la poderosa creadora de la feminidad, la esencia de las cosas; simultáneamente su seno da origen al universo, y evoca la dulzura, la maternidad y la fertilidad.
Por otro lado, los griegos centralizan en los pechos de Afrodita el símbolo primordial del amor y la sensualidad.
Las mamas no se ocultan en el torso femenino, y tienen medidas que pueden considerarse  hasta hoy absolutas y perfectas, es decir, un diámetro igual al doble del espesor desde la base del pezón. Esta armonía es propia de las numerosas estatuas de Afrodita, la de Cirene, la posfidiana de Milo, la de Cnido. La Venus de Medicis, perteneciente a la escuela de Lisipo del siglo IV antes de Cristo, señala delicadamente su mama izquierda con la mano derecha.

Con su florida adolescencia y su belleza ingenua, la Venus de Botticelli, pintada muchos siglos más tarde sin conocer un modelo griego, reitera el gesto.
En el nacimiento de Afrodita del trono Ludovisi, la diosa surge del mar asistida por dos criadas, y en su medio cuerpo se destacan los pechos abultados, cuyo relieve centraliza la composición escultórica.
A partir de estas tradiciones de la cultura griega, los pechos de Afrodita simbolizan la suprema expresión del amor y la feminidad.
En la escultura y la pintura las amazonas han sido representadas como jóvenes hermosas que reúnen la fuerte apostura del guerrero con las formas curvas propias de la mujer.
Mientras tanto un intenso erotismo centrado en las mamas, florece entro los siglos V y VI en el maravilloso arte de la India. Los senos de las figuras femeninas hindúes, enormes y esféricos, expresan una sensualidad libre de prejuicios y de culpas, vinculada sin duda a necesidades religiosas y a contornos líricos. La deidad Shiva de los hindúes aparece representada como expresión de pasión y de unión fundamental con su amada Parvati,  en escenas de intenso erotismo, frecuentemente con cuatro brazos, llevando el espejo de su amada y un pecho de ella adherido al cuerpo como símbolo de entrega completa.
El arte europeo del medioevo presenta imágenes poco carnales de la mujer. Eva está condenada a la represión.

La sensualidad a través de formas destacadas y de pechos voluminosos no consigue infiltrarse, salvo de manera muy discreta y excepcional, a través del arte religioso, en representaciones de pecado o de martirio.
Pero hay una situación que permite a los artistas la libre desnudez de las mamas: es la escena de la Virgen y el Niño, muy frecuente a partir del arte románico-bizantino, motivo predilecto de la pintura religiosa hasta fines del Renacimiento. En "La Virgen de la leche" de Ambrogio Lorenzetti, la escena es bidimensional, con las figuras recortadas sin perspectiva. El niño toma ávidamente la mama y succiona. La Virgen retrae la cabeza como para  ver mejor, con alegría, al hijo que se alimenta del seno santo.

El pecho de la Virgen tiene una connotación mística: es el alimento del pequeño Jesús y no cabe suponer ningún erotismo en esas imágenes con las mamas exuberantes, a veces exageradamente voluminosas, como en la célebre tabla de Jean Fouguet, de mediados de siglo XV, cuyo realismo no guarda relación con los tímidos desnudos de su época.
Los desnudos de Tiziano se aproximan a la perfección clásica de las Venus griegas. La Venus de Urbino, pintada por encargo cerca de 1538, descansa mostrando sus pechos en la intimidad de la alcoba conyugal.
Las formas del desnudo femenino aparecen  casi idealizadas, lejos  de todo realismo, con los pechos débilmente insinuados, para acentuar  tan solo la crueldad de la escena.
La represión del sentido sensual de la mama es general en todo el arte de la Edad Media, donde el desnudo queda reservado a las excepcionales representaciones de Eva o la simbólica idealización de los pecados.
Así como en otros momentos de la historia del hombre, las mamas grandes en el arte tienen un sentido premeditado,  esta negación o anulación de las mamas en el arte medieval también tiene un evidente significado. Este significado se interpreta al observar algunas imágenes simbólicas de la lujuria, frecuentes en las catedrales francesas, representada por una mujer cuyos senos son devorados por lagartos o serpientes., o bien atravesados por una lanza, como en los frescos de la iglesia de Tavant. En relación con esta idea puede recordarse que uno de los ritos de los exorcistas franceses del siglo XVII invitaba a hacer salir un demonio del pecho de una monja (Juana de los Angeles, 1629)
Los pechos se prodigan en el arte  renacentista. El tema de la Virgen amamantando adquiere diversidad y variaciones, como por ejemplo el cuadro de Gentileschi donde el Niño de pie succiona el pecho de la Virgen acostada, o el Masolino, donde el Niño abraza y protege tiernamente el seno materno.

Este hábito de retratar a las jóvenes de alcurnia con los pechos desnudos se extiende en el siglo XVI y se convierte en hábito en la corte de Francia, donde los artistas han contemplado la "Ninfa de Fontainebleau" que Benvenuto Cellini ha llevado desde Florencia. Este relieve con los pechos que se insertan como dos conos en el tórax amplio,  concilia con rigor renacentista con el gusto clásico de los modelos antiguos, mármoles griegos y romanos de las colecciones de los Médicis. La "Ninfa" de Cellini y "La Tierra" de Ammannati, que ofrece sus pechos fértiles, son dos ejemplos incluyentes del desnudo centrado en la forma y el significado de los senos.
Justamente en Fontainebleau florece un estilo que se caracteriza por el retrato de damas de la época con los pechos al descubierto. "La mujer del lirio rojo" de autor anónimo, muestra sus pechos blancos mientras que su cuerpo está cubierto con una delgada gasa. Las flores han sido colocadas frente a los senos, que la mujer discretamente señala con la mano, como símbolo de belleza y naturalismo.

El doble retrato de Gabrielle D Estrées - hija del gran maestro de la artillería - y de la duquesa de Villars, las muestra  en una extraña pose en el baño, con los pechos desnudos y tomándose el pezón.
Rembrandt ha pintado varios retratos de su esposa desnudo y Rubens es autor de uno de su mujer, helena Eorument, que sostiene y enmarca sus voluminosos pechos con el brazo, en un escorzo de típica estructura barroca.
En el retrato de la Duquesa de Alba titulado "La maja desnuda", Goya crea por cierto el primer gran desnudo del arte español, luego de Velazquez y con un realismo sin prejuicios presenta allí la imagen de una mujer de la aristocracia con la naturalidad de sus amplios pechos que se destacan por los brazos abiertos  y los tonos sensuales de la composición cromática.
El art nouveau divulgó en el 900 el retrato femenino con el torso desnudo y muchos arquetipos, como el de la  bailarina Loie Fuller, son testimonios de un estilo pleno de voluptuosidad, donde los pechos se integran en el ritmo de las curvas y los ornamentos.
Un tema que se reitera en el arte italiano de los siglos XVI y XVII es el martirio  de Santa Aqueda  (o Agata) Esta hermosa mujer nació en el año 230, en Palermo o en Catania. De ella de enamoró Quinciano, gobernador de Sicilia, quien al ser despreciado ordenó que la llevaran a una casa de prostitución donde la Santa resistió todas las seducciones. Luego fue martirizada y le arrancaron los pechos. En esa oportunidad dijo a Quinciano "¿No te averguenzas de mutilar en una mujer eso mismo que succionaste a tu madre?"
Para exaltar el simbolismo de los pechos, los artistas acuden en muchos casos al recurso de aproximar elementos de diverso valor subjetivo a las mamas desnudas que retratan. Así., Lucas Cranach pinta un tierno cordero apoyado en los pechos pequeños del retrato de Santa Agnes, o El Guercino presenta la muerte de Cleopatra con el áspid mordiendo el seno derecho de la bella reina.
El mismo recurso utiliza Gauguin en sus "Muchachas tahitianas con flores de mango", al colocar nuevamente los pechos "oferentes" y desnudos sobre la fuente con flores rojas, con lo cual la escena expresa un fuerte sentido de vitalidad y fertilidad.
En las diversas etapas del barroco y el rococó, el desnudo del torso es un tema de habitual preferencia, desde las escenas risueñamente eróticas y hasta pornográficas de Fragonard, quien pinta una "Mujer apretando el seno"
El ate moderno, con la plenitud de sus posibilidades, utiliza los pechos femeninos para exagerar, amplificar, perforar la anatomía y para enriquecer sus figuraciones con un criterio puramente plástico.

Picasso deforma y ridiculiza, descompone y recompone, como un cirujano diseca un cadáver y los senos distorsionados crean una sensación caótica y una morfología que interpreta el drama del hombre contemporáneo.
La literatura y la leyenda son ricas en referencias a los senos femeninos. Los episodios picarescos del "Decamerón"; la historia medieval de Roberto el Diablo, que mordía los pezones de las nodrizas; el caso de Friné, que descubre sus pechos ante los jueces para ser perdonada; las narraciones de Axel Munthe sobre la monja que rasga sus vestiduras y muestra sus pechos, para curar a un herido; la leyenda sanjuanina de la Difunta Correa amamantando a su hijo después de muerta en el desierto; el mismo tema en una madre muerta durante la fiebre amarilla, representado también en el cuadro de Blanes, el relato de Steinbeck en "Viñas de ira", de la mujer que alimenta con sus pechos a unos hombres durante el cataclismo; son algunos ejemplos de todas las creaciones que las mamas pueden sugerir  en la fantasía literaria y en las tradiciones populares.

La emancipación social de nuestro tiempo ha promovido una gran libertad sexual y una consecutiva focalización del erotismo en los pechos de la mujer. En la década del 20 se procuraba imitar un modelo sufragista, con pechos aplanados, actitudes viriles y voz grave. Posteriormente ha triunfado el tipo de pechos exuberantes, plenos de voluptuosidad. El desnudo del torso ha invadido la publicidad, el cine, la moda y en general todas las formas de comunicación.

El strip-tease, las topless, el fetichismo en torno a corpiños y ropas de mujer, el humor pornográfico, son revelaciones suficientes de que en el mundo contemporáneo las mamas tienen una connotación erótica,  que ha desplazado y atenuado su sentido de fecundidad y fertilidad maternal.